La semana pasada me tome un descanso de la vida capitalina para asistir al Hay Festival en la ciudad de Cartagena. Si algo confirmé durante el festival, es que lo que se cataloga como amor por la escritura, realmente es la mera incapacidad de poder cerrar la boca. Es el no tener control sobre la lengua (o la pluma) y tener que emitir una opinión ante todo. Se equivocan si creen que hablo solo de la narrativa no-ficción, aun que ésta corrobora mucho más notoriamente el punto, la ficción lleva esta hipótesis a una nueva escala, pues hace de la misma ideología un arte.
Obviamente no pretendo juzgar, pues esta misma incapacidad es la que me trae de vuelta después de dos meses de ausencia. En este caso, lo que me obliga a escribir es el tema de la contradicción. Cuando decimos que alguien se contradice es frecuentemente un juicio de falta de sabiduría, pero una respuesta de Andrés Hoyos ante uno de los dardos de Antonio Caballero revelo una más acertada definición. El director del Malpensante agradeció el ser juzgado por contradicción “Pobre del que no se contradiga, pues significa que no cambia, que no aprende de sus errores”.
Por el contrario, Antonio Caballero, después de afirmar que el 80% de los colombianos reeligieron a Uribe por qué no leen periódicos, renuente a permitir que el contradecirse hiera su ego, fue capaz de afirmar que podría plagiarse, no solo publicando el mismo artículo semana tras semana si no aún que podría retomar un artículo de hace años y publicarlo sin cambiar nada ya que en Colombia nada ha cambiado… se habla mucho de él adiestrado ojo del escritor, pero poco se habla del orgullo enceguecedor. El respetado escritor, es a simple vista honorario de su apellido, pero una vez abre la boca, se vuelve lo que tanto teme; una contradicción.
Michael Ignatieff, lidera el partido a favor del concepto, pues este miembro del parlamento, que en un principio apoyo la invasión de EEUU a Irak a los pocos meses se retracto pidiendo disculpas públicamente. En el festival reitero que asume su responsabilidad y que debió saber que Bush no actuaria de manera prudente. Luego, hablando del terrorismo, propone leyes radicales; la necesidad de pelear con una mano atada para no infringir la ley que se pretende defender… es un argumento muy acertado de un hombre muy inteligente, para ser más exactos, de “uno de los intelectuales más destacados de nuestra generación” o de un filosofo, como lo califican otros. A pesar de sus atinadas teorías, creo que los Colombianos no necesitamos consejos un extranjero al conflicto que nos envuelve. Por otro lado, si esas palabras viniesen de alguien teñido por la sangre del terrorismo, tomarían otro color… la pregunta es, ¿si habrá alguien que ponga la ley por encima de la libertad de un esposo o la vida de un hijo?
…esa es la contradicción, a veces bienvenida, a veces ingrata, a veces dolorosa. Queramos o no, siempre está presente.
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